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Colección de Poemas

COSTRAS DE ARROZ QUEMADO

 

Percibo un silencio espantoso en el lugar.

Tropiezo al sentarme en la butaca más cómoda de la terraza.

Siento un peso inmenso en la cabeza,

pareciera que se me fuera a reventar en mil pedazos.

Ingiero un sorbo largo de anís, directamente de la vieja botella

que agarré de un anaquel repleto de telarañas.

 

Tomo el control remoto del televisor.

Al presionar el botón de encendido,

la imagen en la pantalla aparece mágicamente.

Recorro desesperadamente todos los canales.

Pura mierda insulsa.

Qué podré hacer entonces para poder olvidar lo que apenas he hecho...

 

El anís ayuda levemente a soportar todo esto,

aunque la garganta me arda infernalmente.

Se me ocurre que el DVD puede servir en este momento como un escape.

Sin duda alguna, ha sido un maravilloso invento.

La tecnología al servicio de la depravación.

Busco una de mis películas pornográficas favorita.

Está cuidadosamente escondida en el escaparate,

sumergida entre la ropa de fiesta.

Es por los niños...

yo siempre tan considerado.

 

La ventana se encuentra semiabierta, dejando ingresar una tenue brisa.

Mi esposa está con sus hijos en la habitación.

Los tres, abrazados en un sueño profundo.

Quizás demasiado recóndito para sus sentidos.

Con toda seguridad, no volverán a despertar...

 

Hace una hora, el calor no se podía resistir.

Al abandonar el aposento donde están ellos,

mi cuerpo se hallaba totalmente empegostado,

asquerosamente humedecido.

Mi respiración sofocaba el aire espeso, condensado.

Sin embargo, el sosiego del ambiente era inmenso, sublime.

Fui al baño y me desvestí hasta quedar desnudo.

Después de lograr abrir con mucho esfuerzo el grifo oxidado de la ducha,

y recibir el impacto de tantas gotas sobre mi cabeza,

no pude contener un llanto descontrolado.

No era llanto de arrepentimiento, era un gemido de soledad.

 

Mis lágrimas se confundían con el agua fría,

que las iba arrastrando ineludiblemente al desagüe.

La saliva que escupía a un ritmo cada vez más acelerado,

y la orina intensamente amarilla,casi rojiza,

que expulsaba con mucho dolor,

eran las fieles acompañantes de mis lágrimas

a ese mundo oscuro y misterioso,

donde serían de gran provecho para saciar la sed incontrolable

de infinidad de ratas y otros animales inmundos,

que moran entre las aguas viscosas y putrefactas,

a las cuales sempiternamente, en una ceremonia inconsciente y absurda,

tanta gente anónima e infeliz se encarga de depositar

sus respectivas orinas, salivas, mierdas, lágrimas,

para así formar una mezcla repugnante, nauseabunda.

 

No sé si fue a causa de la intensidad de esta reflexión,

o por lo que había sucedido recientemente,

que vomité tan profusamente,

ahogado en un chorro irrefrenable e interminable de miseria,

arrojando hasta la última gota de bilis de mi organismo.

Después de esta descarga absurda me sentí algo más aliviado.

Quedé abatido en el piso, en posición fetal,

encima del charco concentrado de vómito,

dejándome envolver por el agua cristalina, que permanecía cayendo sobre mí,

mientras deseaba con intensidad escabullirme también por el desagüe...

 

Ahora, sentado enmudecido frente al televisor,

observando escenas tantas veces repetida, tan mecánicas,

salvajes, artificiales, sin sentido,

me masturbo desesperadamente,

sin respiro, una, dos, hasta tres veces seguidas,

para así aliviar esta fuerte tensión que me está aniquilando,

y que no consigo desbaratar.

 

Un rato después, más desahogado,

me aburro de tanta podredumbre humana.

Apago el maldito aparato para eliminar el jadeo ficticio e insultante

de dos cuerpos desconocidos, despreciables,

desapareciendo repentinamente en el infinito.

En un rincón de la terraza veo un tobo lleno de agua gris oscura.

Allí se encuentra todo el sucio recogido en la casa

por el coleto manejado por mi esposa en su faena diaria.

Sumerjo mis manos en ese pantano indescifrable

Para limpiar el semen de mis manos, mientras intuyo que me estoy volviendo loco...

 

En la cocina procedo a secarme con un paño andrajoso,

carcomido por tantos huecos.

Toda esta actividad me dio un poco de hambre.

El estómago lo tengo vacío.

Yo también me siento vacío...

 

Al abrir la vieja nevera casi no distingo nada en su interior.

El bombillo se debió haber fundido.

Vislumbro en la oscuridad dos ruedas de pan integral,

las cuales embadurno con abundante mayonesa.

Palpando ciegamente con la mano,

hallo un pedazo de jamón, pálido y flacuchento,

a punto de morir por las bacterias.

Lo aplasto con las dos rebanadas embarradas de blanco.

El sabor rancio no impide que me trague cada pedazo de ese alimento,

que muerdo con desesperación.

 

Cuando mi garganta reseca reclama algo de beber,

me acuerdo de la botella de anís abandonada.

La busco y trago totalmente su contenido.

Siento una asfixia aparatosa...

 

Cuando pudo despertarse de su borrachera

un olor agobiante impregnaba todo el ambiente.

El recuerdo lo angustiaba.

La podredumbre de su vida se manifestaba en ese terrible hedor.

Desde hacía algún tiempo había descubierto que su esposa tenía un amante.

Por otro lado, los hijos de ella, de su primer matrimonio,

lo aborrecían, lo detestaban.

Con tan poca edad esos mocosos le escupían continuamente en la cara.

Apenas tenía seis meses de casado y ya no podía resistir más.

Habían jugado terriblemente con sus sentimientos.

Él era un simple ser humano.

La ceguera que lo había envuelto por amor, al fin había terminado.

La humillación que sufría cuando cavilaba que era padre de unos niños que lo repudiaban,

y esposo de una mujer, a la cual tenía que compartir con alguien despreciable,

llegó a su clímax hace ya tres horas y veinte minutos,

cuando se burlaron escabrosamente de él.

Fue una oportunidad única, irreemplazable.

No aguantaba más. Tenía que aprovecharla.

De novios todo era tan diferente...

 

Los detalles del incidente son un poco escabrosos,

quizás contarlo parezca hasta morboso de mi parte,

pero me he sentido extremadamente mal,

y la asfixia aún no se me ha quitado.

Acabo de regresar de la habitación donde ocurrieron los hechos,

y eso me ha dado suficiente valor, un valor ciertamente macabro,

para poder seguir escribiendo esto, que me parece eterno.

Con mi yesquero desechable,

enciendo un cigarrillo recogido del cenicero.

Un vaso repleto de brandy me estimula.

En la cocina dejé recalentando un arroz del día anterior.

No sé por qué, pero me da hambre este esfuerzo.

Hace tres horas y media me sentí ofendido, desgraciado.

Además, el calor era casi insoportable.

 

La ofensa que osaron hacerme esa mujer y sus hijos,

siguiendo con una burla descarada,

la cual soy incapaz de relatar,

fue la gota de cianuro que rebasó el vaso de la muerte.

Con extrema frialdad, a pesar del calor imperante,

abandoné esa maldita habitación,

persuadido plenamente de lo próximo que haría.

Me senté plácidamente en el sofá, Dejando transcurrir el tiempo necesario.

Cuando regresé a la habitación fatal

me percaté que ya todos ellos estuvieran dormidos.

Los llamé en voz alta para ver si se despertaban.

Ninguno reaccionó positivamete.

Me dirigí inmediatamente a la cocina,

a paso ligero pero firme.

Estaba sumamente excitado,

mi respiración sofocaba aún más el aire espeso.

El sudor adhería la camisa a mi cuerpo.

Tomé un cuchillo carnicero, descomunal,

escondido en la parte trasera de una gaveta.

Al sujetarlo con mis dos manos,

noté que todo mi ser estaba temblando.

Estuve a punto de no continuar lo que exigía mi mente,

pero lo que me impulsaba a hacerlo era algo superior a mi raciocinio.

 

Sigilosamente, entré al cuarto

e inmediatamente sentí una presión en el pecho.

El tiempo se había paralizado.

Me detuve repentinamente cuando vi subir a una cucaracha

por una de las paredes.

Se introdujo en una de las grietas del marco de la puerta.

La incomodidad era inmensa... qué calor.

Sentía que los testículos sudaban a chorros.

Tenía ganas de orinar y eso me dio mucha rabia.

La cama matrimonial se hacía pequeña para acogerlos a todos ellos.

El sueño inocente que mostraban era mi mejor cómplice.

 

De repente, los nervios me invadieron.

Uno de ellos, el hijo mayor,

se movió bruscamete para cambiar de posición,

se colocó boca abajo y empezó a roncar con fuerza.

Su muerte fue sellada por ese ronquido abrupto.

Le clavé el cuchillo profundamente en su espalda.

Ya no pude retroceder y arrebaté al segundo infante por el cuello.

Dos certeros hundimientos le debieron haber destrozado el corazón.

Mi cuerpo ya estaba empegostado con la sangre salpicada.

Las manchas de rojo intenso contrastaban con el azul turquesa de mi camisa.

Mi esposa se despertó en ese preciso instante.

Quizás pensara que todavía permanecía en alguna de sus frecuentes pesadillas.

Alucinada, me miró fijamente a los ojos.

En ese momento comprendí con claridad la suciedad de su alma.

Su cara se descompuso y se desfiguró con un grito.

Pudo apreciar vivamente cómo el cuchillo se le venía encima.

Quiso detenerlo con sus manos,

pero resultó inútil.

En su cara se dibujó una mueca graciosa,

que me hizo sonreir el alma.

 

Estaba apoderado de una locura inimaginable.

Cada cuchillada era aún más violenta.

Su cuerpo se estremecía aterradoramente.

Mientras tanto, yo la insultaba incoherentemente.

Finalmente, se propuso decirme algo,

pero la sangre que abarrotaba su boca no le permitió hablar.

La sensación que sentí en ese instante

fue indescriptible, única.

Por primera vez hacía algo trascendente en mi vida.

La tranquilidad que suspiré en ese instante era sublime.

 

Salí de ese sitio casi imaginario,

a buscar algo que eliminara la resequedad en mi garganta.

Encontré una botella de anís,

escondida en un estante repleto de telarañas.

Una araña pequeña caminaba por el vidrio de la botella.

De un manotazo la arrojé y abrí la tapa sellada.

El primer sorbo fue desgarrador.

Coloqué la botella en una mesita de la terraza.

Me sentía exageradamente sucio.

Fui al baño y me desnudé completamente...

 

Ahora, casi cuatro horas después del suceso,

casi no se puede respirar ese olor a sangre seca.

El calor ha acelerado la descomposición de sus cuerpos.

Bebo de un sorbo el poco brandy que aún queda en el vaso.

Mareado, a punto de desmayarme por el vértigo

me acuerdo del arroz que estaba recalentando.

Cuando destapo la olla,

el humo sale inconteniblemente.

El arroz se ha quemado como mi vida.

De todos modos, vierto los duros granos en un plato llano, sin lavar,

y procedo a comer esas costras.

Mientras mis dientes luchan por hacer digerible esa "comida",

oigo sonar el timbre de la puerta.

¿Qué hago?, decido ir a ver quién diablos es,

llevándome el plato para seguir saciando mi hambre voraz.

Al abrir la puerta me doy cuenta

que son dos vecinos reflejando una expresión escandalizada en sus rostros.

Me imagino que debe ser por la total desnudez de mi cuerpo.

Me molestó que mi físico pudiera despertar tanto estupor.

Antes que pudieran reaccionar de tal espectáculo atroz,

me apresuré a comentarles,

con la boca repleta de arroz

y salpicándoles algunos de ellos,

que pasaran a admirar algo mucho más horrible:

En la habitación principal permanecían mi esposa y sus dos hijos,

bañados totalmente en sangre,

descuartizados en pedazos,

expeliendo un aroma nauseabundo.

 

Al principio revelaron una sonrisa nerviosa de incredulidad,

pero ante la evidencia de lo que sus ojos observaban,

se dieron cuenta, antes que yo mismo,

que me hallaba en un estado de completa enajenación.

Agarré entonces mi pene y empecé a frotarlo con fuerza

mientras gritaba desgarradoramente, con la lengua afuera.

Uno de ellos me vociferó:

"Maldito", era precisamente su amante ya descubierto.

Cuando se iba a abalanzar sobre mí,

salí corriendo despavorido hacia el balcón.

Mi única esperanza era lanzarme desde la altura de ese séptimo piso.

Eso fue precisamente lo que me apresuré a hacer...

 

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