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Colección de Poemas

CUENTOS CORTOS

 

AMOR ACCIDENTAL

Mientras el médico y la enfermera intervenían a Mireya en el quirófano improvisado para que lograra expulsar el feto de su vientre, ella mantenía los ojos tensamente cerrados, soportando el fuerte dolor; sin embargo los gritos estaban ausentes.

Recordaba aquella larga noche lujuriosa, llena de alcohol y olores, en la que resultó algo verdaderamente supremo y fascinante hacer el amor (¿o el sexo?) con Gustavo.

Este accidente que estaba padeciendo sola no podía ser la causa de una abrupta separación.

Por supuesto, Mireya todavía lo seguía queriendo intensamente, él era su hombre y no lo iba a dejar escapar, aunque supiera que en este instante Gustavo se encontrara jugando con sus dos pequeñas hijas, o quizás acariciando tiernamente a su esposa.

Al fin y al cabo, él se había preocupado en pagar totalmente el costoso aborto y además le había prometido, al dejarla con un suave beso en la mejilla en la clínica clandestina de un amigo, que la llamaría sin falta al día siguiente, en cuanto se desocupara de tanto trabajo urgente acumulado, para saber cómo había salido todo.

"Ten confianza gatita, ese amigo mío se las sabe todas. No te preocupes que pronto saldrás de ese problemita. Yo estoy muy apurado y tengo que irme. La oficina está llena de papeles por resolver. Pórtate bien y no vayas a gritar como una loca."

Antes que el médico arrojara el feto al pipote de la basura cercano a la cama, a través de la lluvia que tenía ante sus ojos, Mireya pudo vislumbrar a su hijo. Su corazón le indicó con insistencia que era un varoncito.

En ese momento, su mente se quedó totalmente en blanco por un instante. Una lágrima bastante espesa surcó su rostro al levantarse con bastante esfuerzo para salir de una vez por todas de ese horripilante lugar que la acompañaría por siempre.

 


 

VACACIONES FAMILIARES

La familia llegó temprano al hotel para así disfrutar al máximo sus vacaciones. La hija mayor había recibido este premio especial por haberse graduado de bachiller hacía apenas unas pocas semanas. Pronto entraría a estudiar en la universidad y sería toda una profesional del mayor nivel. El padre y la madre rebosaban de felicidad, a pesar del gran esfuerzo económico que representaba este regalo.

Estacionaron la camioneta, vieja pero aún fiel, frontalmente a una pared sin pintar aledaña al hotel y se dirigieron todos con bastante apuro y expectación a la habitación previamente reservada. Una hora después, la hija mayor quiso acompañar a su padre al vehículo, ya que el motor presentaba una falla y él se tenía que quitar de encima esa preocupación lo antes posible.

Luego de haber levantado el oxidado capó y haber encendido con dificultad la máquina, el padre le ordenó a su hija que retrocediera la camioneta, mientras él seguía reparando el motor, para lograr más espacio entre la pared ahuecada y el vehículo y así poder trabajar con mayor comodidad.

La hija mayor, llena de toda la energía que brinda la juventud, movió con rapidez e inexperiencia el cambio automático y presionó el acelerador con todas sus fuerzas.

"Seguro a mi papá le va a causar mucha gracia", pensó con alegría.

El destino quiso que en lugar de retroceder, tal como era su más fiel propósito, " Te lo juro mami, no tengo la culpa de esto ", aplastara a su padre contundentemente contra la pared, reventándole irremediablemente las costillas contra sus pulmones.

El hombre cayó lentamente, agarrándose el pecho y el abdomen, con un chorro de sangre arrojado por su boca, mirando fijamente la parte interna del capó.

Cuando la ambulancia llegó, sólo sirvió para completar la macabra escena de un cuerpo ya sin vida, un llanto inmenso de dos mujeres y una niña, treinta curiosos alrededor del cuerpo sin saber qué hacer, y una gran grieta en la pared, testigo silencioso de esta tragedia, con manchas de sangre fresca.

 


 

BESO ARTIFICIAL

Eran las 5:30 p.m. del sábado cuando, con el sueño reflejado todavía en los ojos, se levantó de la cama.

Después de darse un rápido baño para esclarecer un poco su mente de tanto ron, cigarrillos y trasnocho, peinó afanosamente su peluca rubia comprada la semana anterior, se pintó los labios inflados artificialmente con un provocador rojo intenso, y se embadurnó todo su rostro y cuello con abundante maquillaje. Sus ojos ya presentaban otro aspecto.

El Chanel No. 5 por la mitad del frasco esperaba en el tocador para ser usado profusamente. Eligió del ropero el estreno de una falda extremadamente corta, insinuante, con la cual podría mostrar con orgullo sus lindas piernas recién depiladas.

Luego de ajustar con cuidado en cada ganchillo sus panties negras, se elevó diez centímetros del piso con la ayuda de los tacones de sus especiales y únicos zapatos de fiesta. Se miró varias veces por última vez, con una sonrisa de satisfacción y alegría, en el espejo colocado en la parte trasera de la puerta de su habitación alquilada. Lo menos que podía hacer era lanzarle un beso de agradecimiento al espejo. El resultado impactante que había conseguido en esta oportunidad era la obtención de una belleza realmente exótica y tropical.

Ya eran las 7:45 p.m. cuando salió a la calle solitaria, contoneando excesivamente sus caderas, mientras se fumaba con avidez un cigarrillo.

En la barra de la tasca sólo esperó una media hora, saboreando unas cervezas bien frías, antes que un hombre se sentara a su lado. El hombre no era guapo ni joven, pero tenía cierta simpatía y se veía con ganas y bien macho.

Bebieron unos cuantos tragos de cuba libre, bailaron apretados, intercambiando olores y saliva, se rieron con ganas de unos chistes bien malos y desgastados, hablaron de lo humano y lo divino por varias horas, se acariciaron, se desearon.

A las 11:25 p.m. llegaron al motel necesario para la ocasión. Antes de quitarse la ropa, con premura y pericia apagó la luz de la habitación 135, su nido de amor, y se colocó rápidamente como una perrita en celo para que este hombre anónimo lo cogiera por el culo.

 


 

SONÁMBULO

Al despertarme abruptamente en la madrugada, tu imagen permanecía persistente y perturbadora en mi mente, ya marchita por el sufrimiento eterno de tu ausencia imposible, pero verdadera. Lo único que no pude contener, en ese momento prescindible, fue mi llanto rabioso e impotente, agitado por la maldad imperante en esta vida insulsa.

Luego de padecer dos horas desesperantes de un insomnio insoportable fue que pude volver a conciliar el sueño.

El Sol ya lucía imponente en lo alto del horizonte cuando me desperté de nuevo. Un rayo de luz inesperado e incandescente que atravesó la ventana abierta me comenzó a molestar con furia, trayendo nuevamente recuerdos involuntariamente imborrables...

 

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