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Colección de Poemas

FANTASMA PERDIDO

 

La distancia nos separa... y el tiempo.

¿Qué estará haciendo ella ahora?

¿Por cuáles caminos andará su alma?

¿Por qué tuvo que pasar? ¿Por qué, Dios mío?

Tan dulce, tan inocente, tan sensual, tan tierna.

Tan mujer y niña a la vez.

 

No puedo olvidarla aunque me resista a pensarla.

Se encuentra incrustada en la profundidad de mi débil mente.

Se presenta sigilosa en mis más hermosos sueños recónditos.

Aparece repetida en el rostro anónimo de cada mujer que tropiezo,

como un fantasma perdido en la eternidad.

Y me dice continuamente, con gritos de silencio, que me adora, que me ama...

No... No puedo más.

Que se acabe de una vez este tormento.

 

Realmente, aquella noche fue inolvidable, apoteósica.

La primera y única noche.

Me enseñó (¡a mi edad!) el significado oculto del deseo,

lo que representa el amor de carne viva y palpitante.

Instantes placenteros. Todo fue demasiado rápido y bello.

Como seguro debe seguir siendo ella.

 

Al principio, fue el inquietante contoneo de sus caderas,

la vibración de sus pechos de pezones erguidos.

Su sonrisa pulcra, su mirada graciosa y espontánea,

su sencillez combinada de autenticidad genuina, ser ella misma.

Sinceramente, la conmoción producida fue profunda.

Me hizo sentir una sensación que aún hoy es inexplicable,

hasta ahora no experimentada de nuevo (¡a mi edad!),

tan elevada y linda a la vez, que me colmó de total dicha,

alegría, ingenuidad, arrebato... y Amor.

 

Amiga estrictamente ocasional.

Sólo la había visto anteriormente unas pocas veces.

Ahora es el momento de confesar que me gustó mucho desde el principio,

la atracción mutua era incalculable,

pero era casi una niña.

Catorce años es una edad ínfima (¡a mi edad!).

 

Ella no tuvo ningún reparo ni prejuicio. Yo tampoco.

En todo caso, mi demonio me repetía:

Yo era un hombre y ella era una mujer.

La química no va a dejar ser desapercibida

Mi Lolita loquita coquita.

 

Cuando me lo propuso en el ascensor solitario

entre risas y cuentos ya sabidos,

no supe cómo decirle que no.

Acepté la invitación de ella de ir a ese concierto.

Imposible poder negarme ante tal petición.

 

Cuando llegamos, el club ya se encontraba totalmente lleno.

Al final de la tarde se había detenido la lluvia,

Aunque el ambiente seguía con una humedad pegajosa por el calor.

Después de atravesar a codazos el tumulto inicial,

nos situamos en una mesa bastante alejada del escenario.

La piscina se veía imponente, reflejando la tormentosa luna llena.

Su cuerpo brotaba rebelde y libre, a través de un vestido

irreverente y desquiciado.

 

Pedimos una botella del mejor ron con algunas Coca-colas.

Risas y bromas chispeantes acompañaron

a tres vasos repletos de Cuba Libre tomados como agua.

El ambiente era propicio para que ocurriera cualquier cosa.

 

Desde el comienzo, ese roce excitante de sus piernas desnudas,

incontrolables, incitando al deseo y al pecado.

El espectáculo iba a comenzar en otra galaxia.

Cuando la música nos invitaba a acercarnos al lejano escenario

ella me dijo en un susurro al oído:

"No, prefiero quedarme aquí".

¡Qué decisión tan esperada y acertada!

 

Estos son los momentos que cambian el rumbo de nuestras vidas,

de nuestros destinos previamente direccionados...

Nadie nos conocía en ese lugar, nos encontrábamos solos en esa muchedumbre.

Definitivamente, el contacto de la piel nos gustaba demasiado.

El fuego aumentaba aceleradamente.

Poco a poco nos iba devorando en sus llamas cautivantes.

Nos iba introduciendo en su interior, en su núcleo hirviente

y desaforado.

 

Comenzaron a surgir risas nerviosas, exploratorias,

perdidas en la atmósfera del alcohol dominante.

El famoso cantante se oía a lo lejos, en las arenas del desierto,

desde nuestro maravilloso oasis.

 

Fuimos realizando amagos previos y estudiados

para darle un comienzo contundente a lo prohibido:

Roces inequívocos, acercamientos graduales,

insinuaciones indecorosas, suspiros prolongados.

Ya no podíamos contenernos un segundo más.

Nuestro deseo desbordaba todos los límites impuestos.

Pero la experiencia me decía que había que buscar la perfección del momento,

el clímax de la situación (¡a mi edad!).

 

Nuestros ojos se buscaban con mayor intensidad,

las risas se iban haciendo cada vez más ligeras y seguidas,

las miradas de cada uno se paralizaban en los ojos vidriosos del otro.

La música absorbía todo el cielo con sus estrellas.

 

La noche estaba clara y casi radiante.

Una brisa empezaba a abanicar muy suavemente.

Mientras tanto, seguíamos bebiendo desaforadamente

y disfrutando mutuamente de nuestras ocurrencias,

de nuestra compañía.

Todo esto como preparación prolongada para tocar algún punto más allá del cielo,

para sentir la pureza inmensa del paraíso celestial.

 

La luna, nuestra dulce cómplice y espía, nos observaba

sonriente, rodeada plenamente en cada rincón de estrellas titilantes.

Aislados de este mundo terrenal,

el Universo se reducía hasta convertirse en nosotros dos.

 

Impulsado por mi corazón peligrosamente palpitante,

como una serpiente sin rumbo buscando algo de comida,

mi brazo se enrolló en su espalda y se anidó en su

estrecha cintura seductora.

En ese momento, ella saltó visiblemente excitada,

aunque de una forma muy delicada,

aceptando luego relajada a ese visitante ocasional.

Ya había dado el difícil primer paso. Todo se había decidido.

 

La canción que apareció mágicamente en nuestros oídos

era muy suave, romántica, melodiosa, apropiada.

Ya para ese momento nos encontrábamos entregados

por entero a la noche y a nuestros instintos.

 

Me murmuró entrecortada algo que no logré entender,

mientras acariciaba mi muslo con una mano temerosa y temblorosa.

Inmediatamente, con un impulso irreconocible para mi timidez,

secuestré su mano con la mía,

antes que pudiera alejarse arrepentida por ese atrevimiento.

 

La pasión seguía apoderándose de nosotros.

Y la luna se mantenía radiante en la cúpula del cielo.

Mis manos disfrutaban una y otra vez de la suavidad de su piel.

Una de ellas jugueteaba infantilmente con sus dedos,

que correteaban por mi pierna;

la otra pellizcaba cariñosamente su cintura fibrosa.

 

Su intenso perfume me embriagaba y me hacía delirar febrilmente.

Mis ojos se perdían en el firmamento infinito.

El éxtasis producido por esta situación era fantástico.

 

De pronto, sin proponerme a esperarlo,

sentí una presión desenfrenada al comienzo de mi muslo.

Decididamente su mano recorrió el corto trayecto hasta mi pene erecto.

La mano desobediente había reaccionado finalmente al estímulo,

clavando con sus uñas el presagio del futuro placer infinito.

 

Sin embargo, ella permanecía con una expresión inalterable,

aunque con sus ojos casi cerrados de placer,

disfrutando públicamente como yo de ese momento paralizante.

Acerqué mis labios entreabiertos a su mejilla,

a su oreja, a su cabello, luego a su cuello, a sus pechos voluptuosos.

Con una sonrisa expresó cabalmente la satisfacción de poder sentir

el toque de mis labios.

Seguro algún curioso perdido se regocijaba o ruborizaba por lo que veía.

Eramos felices (¡a mi edad!).

 

Coloqué mi mejilla junto a la suya y quedamos clavados

en la eternidad absoluta.

Al poco tiempo, preguntó algo extraño,

dejando salir apenas su halo de voz en un murmullo indescifrable.

Esas palabras fueron absorbidas con un beso abierto y visceral,

antes que llegaran a penetrar en mis oídos.

 

Así, nuestras bocas se fueron olvidando de su encierro,

simultáneamente, para humedecerse y liberar

a su inquieta huésped.

Volvió a presionar mi pierna y mi lujurioso miembro.

Esta vez con mayor fuerza y pasión,

clavándome con mayor ahínco sus uñas filosas.

 

Mi mano abandonó la suya y empezó a recorrer

precipitadamente su bajo vientre, tiernamente.

Caricias suaves que fueron subiendo imperceptiblemente

a sus senos gelatinosos y libres.

El beso se transformaba en fuego.

Nuestros cuerpos no podían apagarlo.

 

Hasta que tristemente nos fuimos separando con lentitud,

sin muchas ganas y con algo de rabia,

porque el concierto había terminado abruptamente.

La gente iba regresando a sus mesas reservadas

y no podía dejar de mirarnos disimuladamente, con mucha curiosidad.

Volvimos a la realidad adulta, con lo cual se acabó el hechizo infantil.

 

Cuando le propuse marcharnos para hacernos el amor,

me indicó, con una madurez sospechosa:

"Hoy no, mi corazón, tengo la regla".

Acepté la común excusa irremediablemente.

En el carro la intenté agarrar como antes, pero se apartó

de una manera muy discreta y elegante.

 

La llevé a su casa firmemente enamorado.

"Chao. Otro día nos vemos. Gracias, fue todo muy bello",

me dijo casi indiferente al despedirse con un beso frío.

Después de ese día no la vi más.

Su padre fue transferido a trabajar a otro país y se la llevó consigo.

No me había comentado nada al respecto.

 

Se fue apenas dos días después de aquel encuentro inolvidable,

cuando el amor había tocado por primera vez

a mi puerta carcomida por los años.

Se fue sin avisarme, sin despedirse siquiera...

Quizás sin haber arrojado una lágrima de desconsuelo.

Jugó vilmente conmigo para pasar un rato agradable.

 

Después de años de agonía e impotencia,

descubrí que se casó recientemente con el hijo del embajador de Grecia.

Me enteré ayer viendo casualmente la página social del periódico.

No supe nunca cuándo había regresado de nuevo al país.

Lo cierto es que la esperé en vano.

 

No quiero saber más nada de ella, de esta vida.

Esto no lo puedo soportar. Es absurdo, pero me domina aún esta pasión.

Yo ya tengo 50 años de edad. Ella debe tener ahora 24.

Diez años de total vacío en mis sentimientos.

Mis tenues esperanzas se han desvanecido.

 

Es el ocaso de una vida grisácea y melancólica.

No puedo sacarla ya de mi mente,

aunque haya quemado el periódico con su foto.

Nadie ha conseguido reemplazarla en todos estos años rutinarios.

Esta agonía me sigue torturando, pero ya estoy viejo y cansado.

Debo acabar con esta repentina catástrofe.

 

Mientras escribo estas últimas líneas,

veo por última vez la cuerda colgada desde hace una hora,

esperando mientras se balancea aburrida con la brisa del ventilador.

Ya voy, no te impacientes, acudiré a tu seguro llamado.

 

Te amo... sí, todavía te amo.

De veras, este acto lo hago por ti.

 

Adiós, y hasta siempre...

 

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