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Colección de Poemas

LUZ DE MIS RECUERDOS

 

La plaza estaba repleta de gente.

La misa acababa de concluir en ese Domingo perdido

en el tiempo de mis recuerdos.

 

Las paredes roídas de la vieja catedral

poco le importaban a los fieles,

encandilados ante el vistoso colorido

del vestuario de estreno que engalanaban

sus cuerpos recién bañados y perfumados.

Preocupados por lucir esa máscara lo mejor posible,

antes de retornar en pocas horas

a la triste realidad de sus vidas.

 

Algunas mujeres enseñaban,

con descaro y malicia,

ciertas zonas deliciosas y desproporcionadas

de sus cuerpos esbeltos y desenfrenados,

desobedientes a seguir manteniendo escondidos

esos atributos inmensos que cada semana

exhibían muy generosamente, con desparpajo,

dando origen a ciertas miradas morbosas e incitadoras

de hombres sedientos de sexo ilimitado,

incluso en plena iglesia, en la casa de Dios,

donde las Magdalenas desviaban la atención del acto santo

hasta del mismísimo sacerdote.

Tentación diabólica e irresistible

que hacía revolver la saliva en la boca de los hombres.

 

El vendedor de dulces sabía muy bien

que ese era su mejor día, y que sus

ocho hijos menores dependían casi exclusivamente

de la efectiva creencia religiosa (¿o social?)

de este pueblo maldito.

Con mucho disgusto y trabajo,

su concubina preparaba los bocadillos

durante cada eterna noche sabatina,

solitaria y perdida, cada vez más extenuada,

mientras otros se divertían o disfrutaban del descanso,

hasta que su cuerpo se desplomaba inerte

con el canto de un gallo desafinado,

avisando el comienzo de otro rutinario amanecer.

 

Algunos mendigos haraposos y malolientes

aprovechaban la ocasión para pedir

una limosna misericordiosa a los aparentes ricachones,

con la cual poder satisfacer sus ansias de licor,

para así poder sobrellevar un poco mejor

la desgracia impuesta por el destino.

Mientras, sus donantes levantaban con arrogancia

sus cobardes cabezas, orgullosos por verse así

limpiados de todos sus pecados.

 

El cura ya estaba unido al jolgorio popular,

impuesto como norma después de la misa de las seis,

con una cerveza en la mano y un cigarrillo

en los labios, hablando animadamente con dos mujeres

inequívocamente golpeadas por las noches nefastas

de una diversión fácil y gratificante.

 

Todas estas miserables personas basaban su existencia,

mediocre y sin ningún horizonte definido,

en la llegada de este día alucinante,

donde la misa de la tarde se convertía en

una asquerosa excusa para satisfacer

sus pobres egos, pisoteados y arruinados

en el transcurso de toda la semana.

Ellos se conformaban únicamente con la salida a

esa luz tenue, para aclarar un poco la oscuridad

en que se encontraba sumergida sus vidas.

 

Los ancianos, abandonados y obsoletos,

se hacían mutua compañía ante el olvido

y negligencia de sus seres más allegados,

aunque no queridos.

Triste desesperanza.

 

Yo siempre observaba ese espectáculo

harto repetido cada semana,

desde hacía muchísimos años,

porque me atraía la gente en cierta medida,

a pesar de que existiera un escudo impenetrable,

invisible pero poderoso,

que me impedía unirme a esa hipocresía.

En realidad los detestaba a todos.

 

Cada domingo me sentaba en el mismo banco mohoso de madera,

llevando puesta la camisa de siempre, color ocre.

Las medias, ya rotas en muchas partes, permitían

a mis dedos carrasposos acariciar la suela de mis zapatos,

negros y sin brillo, cuyos cordones se resistían

drásticamente a ser atados.

¿Cuándo conseguiré unos mocasines?

 

Ya estoy agotado y hambriento,

después de setenta años de incertidumbre

no me queda más remedio que alimentarme

de lo único que no he perdido,

mis recuerdos nubosos.

 

Cerrando un poco los ojos,

haciendo un esfuerzo supremo por no dormirme,

me veo atravesando con dificultad el túnel

de una infancia infeliz y despiadada.

En escena aparece un chiquillo travieso y juguetón,

mirando en detalle y con gran atención

a este sustituto del circo.

Demasiadas cosas vividas

con apenas nueve años de edad...

 

Conocía mejor que nadie los secretos profundos

de este inhóspito lugar,

ya que allí había vivido por espacio de casi dos años

(hace ya tanto tiempo).

Cuando murió mi madre durante esa época cruel,

(las causas de su extraña y confusa muerte

nunca las logré saber, quizás para mi bien),

mi padrastro de turno (quizás era ya el tercero),

junto con una mujer vulgar y chabacana,

la cual se apareció en mi vida repentinamente,

surgiendo de la nada,

me arrojaron sin ninguna compasión a las

fieras bestias de las calles sin dueño.

 

Después de dos semanas deambulando en círculos,

sin un lugar fijo donde cobijarme,

esta plaza me abrió sus brazos huesudos,

al amparo de la luna, de la lluvia, del frío

y del sudor pestilente de borrachos amanecidos.

 

Aprendí en poco tiempo todo lo que le podía

suceder a un niño mocoso como yo,

cuando se encuentra abandonado y solo,

bajo la única compañía y tutela

de dos perros callejeros indeseables.

 

Fui violado brutalmente un año después de vagar

por esas calles, en una madrugada infame

que no he podido desprender de mi memoria.

Maldita sea...

 

La gente habla muy fuerte en esta plaza,

pareciera que todos quisieran sobresalir

por encima de los demás.

Una gota de lágrima se desprende dificultosamente

de mi ojo izquierdo.

Qué miseria la del ser humano.

Abro los ojos para salir momentáneamente de esas imágenes,

y me paso mi mano artrítica

por la mejilla, marcada por los años.

Al aclararse un poco la vista, diviso a un

niño escudriñándome con curiosidad.

Recojo una piedra cercana a mí y se la lanzo

con rabia, pero sin mucha fuerza.

"Déjame en paz, hijo de puta".

El niño se aleja asustado y lo veo correr,

a lo lejos,

hacia una paloma gris que come algo en el piso.

La paloma reacciona inmediatamente y

se lanza a volar.

Qué aburrimiento. Cuánto cansancio.

La misma escena repetida mil veces.

Los ojos se me vuelven a cerrar poco a poco,

sin yo haberlo ordenado en ningún momento...

 

A partir de ese día nefasto, sintiendo

que no sólo físicamente me encontraba reventado,

fue que empezó a germinar mi total y profundo

desprecio por el ser humano.

 

Muchas veces he pensado

si es preferible no hablar de esto,

pero es que ya estoy casi muerto

y lo único que me mantiene con vida

es encender la luz de mis recuerdos.

 

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