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Colección de Poemas

UTOPÍA DEL ALMA

 

Cuando fijo tu imagen en mis pensamientos

mis ojos vacilan seguir abiertos

y siento tu sonrisa rozando mi alma.

Se origina un respiro de ritmo profundo, agitado

y un gemido eterno, pero a la vez desatinado

diseñado con el ámbar de tu hermosura

hace que mi aliento exhale un halo exiguo

del aroma de tu perfume.

 

Cuando beso tus labios carnosos

teñidos de escarlata urgente y llameante

y mi lengua se abre camino para luchar con tu humedad;

al sujetar tu cuerpo grácil, ondulado

desbordándose salvaje entre mis brazos que lo aprisionan;

cuando mi mirada se posa en tus inmensos ojos

que reflejan el fulgor de una vida que clama por despertar;

al sentir levemente tus dedos traviesos

acariciando mi dorso tensamente complacido,

me regocijo con el alborozo que me brinda

la certidumbre de intuir

que esta doncella que amo

con fogosidad y arrebato,

con ternura y comedimiento,

con devoción y predilección,

con efervescencia y denuedo,

está a mi lado, inexplicablemente cercana

compartiendo cada minúsculo momento,

cada insignificancia de mi esencia.

 

Sólo basta la ofrenda de un exquisito beso tuyo

para que todo a mi alrededor adquiera

una expresión majestuosa,

para que una complacencia categórica me avasalle.

 

Sólo de esa forma logro vislumbrar

que has nacido especialmente para este amor.

He sido el agraciado, el favorecido por Dios,

para mimarte y resguardarte,

para adorarte con frenesí.

Te pertenezco íntegramente,

porque estamos hechos con los mismos ingredientes,

porque nos cubre el mismo líquido púrpura divino.

 

Te adivino por tu manera tan inagotable de entregarte,

por ser tan inconfundible,

sedosa armonía de cisnes enamorados;

por el resuello que conmueve mi abismo recóndito

cada vez que te intuyo en abstracto.

 

Formamos parte de la misma estirpe

cuya extinción se produjo hace ya milenios.

Somos dinosaurios excepcionales, sobrevivientes,

exclusivos en este vasto firmamento.

La providencia ha consentido, con gran altruismo,

que dos ínfimos granos de arena desguarnecidos

pudieran reconocerse ineludiblemente

con una intrepidez espiritual intangible

entre la muchedumbre diversa, amorfa.

 

Gracias a esta majestuosa homogeneidad

constituimos un ser indiviso, esplendoroso e insuperable,

fruto del más perfecto y puro amor.

Cada recoveco de mi organismo se estremece de gloria

al descifrar esta verdad invencible.

 

Por eso quiero dedicarte, con la humildad de la razón

todo lo bonito que mi ser sea capaz de proporcionarte,

todo lo que tengo escondido internamente

cuya lucha por manifestarse ante alguien

desde tiempos inmemoriales

no ha resultado vana.

 

Mi mayor deseo es llegar a convertirte ineluctablemente

en la Venus más dichosa y refulgente;

para de esta manera poder sentir

que mi espíritu comulga con tu cuerpo, con tu esencia,

con tu sangre, con tu muerte.

 

Ese es el único sendero que tengo para poder alcanzar

la felicidad que tanto ansío,

que tanto anhelo,

Esa inatrapable felicidad

que tanto sacrificio me ha costado obtener.

No encuentro otro atajo, otra coyuntura,

en esta encrucijada devastadora.

 

Eres la única posibilidad que se me presenta

de poder arribar a ese territorio sin retorno,

utópico en mi alma.

Porque te has apoderado poco a poco,

muy sutilmente, con gran lucidez,

de lo más trascendental de mi mundo,

de mi vida, de mi todo.

Te has convertido en mi paradigma,

en mi espejismo, en mi fábula.

 

Mi sentimiento está escrito en las piedras del verano,

sólo un alquimista experimentado

podría descifrar tal complejidad.

Eres una justificación inefable,

la que reina en mi conciencia casi marchita.

 

Incluso a veces presiento que eres aún

mucho más que eso.

 

Ojalá algún día remoto

tu tacto pueda murmurar

en una reunión inaudita, inédita

convocada por tus otros sentidos

todas las sensaciones que ha podido sondear

conmigo.

 

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