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Colección de Poemas

VELAS SIN MECHAS

 

Siento una profunda presión en el pecho.

La aflicción y el desánimo me están avasallando.

Me encuentro en un período de absoluta lobreguez.

Quisiera vislumbrar algún destello de luz,

aunque sea ínfimo, endeble,

pero no logro encontrarlo por ninguna parte.

Sin embargo, insisto en buscarlo desesperadamente.

 

Estoy asqueado de tanto fumar,

mi aliento putrefacto no soporta un cigarrillo más.

Estoy harto de mantenerme sumergido en el licor.

Ya mi sangre no resiste una gota más de alcohol.

Me estoy pudriendo, qué deshecho humano soy.

No me importa un carajo...

 

Esta mañana me vi en el espejo resquebrajado,

mi aspecto es verdaderamente deprimente.

Ojeras profundas, negras, ahuecadas,

se posan en mis ojos minúsculos y sangrientos.

La barba crecida y descuidada,

las mejillas chupadas y caídas.

Agobio reflejado en mi rostro.

Malestar y sopor general

de mi cuerpo y de mi mente.

 

Quisiera reventar a llorar, pero ya estoy seco.

Desearía chillar estrepitósamente,

pero no tengo valor para hacerlo.

Ni siquiera estas palabras que estoy escribiendo

han permitido que me desahogue

como lo hubiera anhelado.

 

Mi barco no tiene un rumbo preciso.

Está perdido bajo un cielo tormentoso en alta mar.

La vela se ha caído estrepitosamente,

y las gigantescas olas lo están destrozando.

Penosa e irremediablemente se va hundiendo

con inesperada rapidez, a los abismos.

 

No tengo trabajo, familia,

ni un amigo en quien confiar.

Estoy solo, sin oportunidad de poder amar a nadie.

Sin que nadie me haya amado.

Qué horrible es la vida a la que se nos arroja

en este mundo inhóspito.

Qué horripilantes imágenes barrocas

siento en mis entrañas.

 

Me siento una larva amorfa y torpe.

Un gusano que se expone perennemente

a una pisada mortal.

Alguna vez escuché decir a algún vagabundo anónimo

que la esperanza, verde y fugaz,

es lo último que un ser humano se podía proponer perder.

Me río de ello; por mi parte, ya la he perdido.

He extraviado todo en esta inmunda existencia

llena de carroña maloliente.

 

Únicamente he podido llegar a disfrutar

diminutos momentos de felicidad,

que se han ido perdiendo en los rincones

de mi memoria malgastada y sucia.

Sin embargo, etapas como la que estoy atravesando

son infinitamente más osadas y frecuentes.

Cada vez más atormentadoras.

 

¿Es que acaso la vida tiene sentido?

¿Para qué coño, si es que se puede saber,

es que nos vomitan a este mundo

para ocupar un lapso de tiempo tan miserable y ruin?

Todo es una mierda que se va fusionando

hasta ahogarnos y asfixiarnos.

Aún yo mismo, persona solitaria, rebelde y diferente,

debo formar parte de toda esa plasta gigantesca,

porque sólo perteneciendo a ese club maldito

es que se puede experimentar todo el sufrimiento

que siento.

 

Me he resistido innumerables veces a la muerte,

a terminar de una vez con todo esto.

Simplemente me las ingenio para inventar

en mi aburrida imaginación

alguna tenue luz en el horizonte inalcanzable.

Pero esa luz siempre se apaga demasiado pronto.

Ya estoy agotado para seguir encendiendo

velas sin mechas.

 

No he podido ascender del vacío de la mediocridad.

Sólo yo sé lo que he luchado para escapar de ese infierno.

Pero la maravillosa humanidad no me ha dado el permiso.

He reflexionado mucho para llegar a una conclusión.

El acto más honesto de mi parte, sin lugar a dudas,

es no participar más en esta vida mugrosa.

No me queda más remedio, es una determinación,

la única salida honrosa, honorable, es el suicidio.

Acto de valentía y cobardía simultánea.

No tengo una mínima razón para seguir viviendo.

Nadie me espera. A nadie le intereso.

Tengo una cuenta pendiente que saldar

conmigo mismo, desde hace tiempo.

 

Por favor, no me consideren como un cobarde

que no ha tenido el valor de seguir luchando.

En fin, pensándolo mejor,

no me importa un bledo el juicio que vayan a tener

de este acto pulcro y limpio,

de profundo respeto y majestuoso.

Simple y llanamente, no puedo soportar más.

 

La corrupción, la falta de valores, la injusticia,

la traición, la deslealtad, el odio, la envidia,

la hipocresía, la soledad, la incomunicación,

la incomprensión.

La superficialidad suprema en que nos movemos etéreamente.

Qué repugnancia me da todo eso.

 

Debo vomitar mi bilis, el cuerpo me lo pide.

Tengo que expulsar todas mis vísceras de alguna manera.

Y después, la muerte,

el mayor reto que afrontamos en esta existencia.

Por fin podré enfrentarla cara a cara,

para mirar fijamente sus ojos implacables.

en este encuentro inevitable, afrodisíaco.

La vida es apenas la antesala que nos conduce

a esa habitación misteriosa y fascinante.

Sólo tenemos que abrir la puerta que se nos antepone.

Estoy dispuesto a satisfacer esa curiosidad.

 

Luego de mirarme en el espejo manchado y opaco,

abro el gabinete diminuto del baño

para obtener la hojilla oxidada que me espera frenética,

y así cortar las venas que sobresalen en mi muñeca,

permitiendo el paso tempestuoso de ese rojo mortal

que engalanará este recinto descolorido.

Quiero poder sentir cómo me voy extinguiendo

hasta desaparecer por completo.

Quiero admirar la poca sangre que no me exprimieron.

 

Me rasgo lentamente las muñecas.

Un absurdo placer se apodera de mi alma.

La hojilla me hiela la piel, pero continúo

esta operación inequívoca y desafiante.

Veo cómo el agua estancada en el lavamanos

se va tiñendo de muerte.

Poco a poco siento que me debilito,

desfallezco...

 

Sin embargo, qué regocijo me absorbe,

al fin veo con claridad una luz brillante...

 

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